El cielo que conoce a su Creador: las esferas según Maimónides
Maimónides describe el orden físico del universo —esferas, astros y elementos— y afirma que cada nivel de la creación reconoce a Hashem según su capacidad.
כָּל הַכּוֹכָבִים וְהַגַּלְגַּלִּים כֻּלָּן בַּעֲלֵי נֶפֶשׁ וְדֵעָה וְהַשְׂכֵּל הֵם
«Todas las estrellas y las esferas poseen alma, conocimiento e intelecto.»
Hiljot Iesodei HaTorá (los fundamentos de la Torá), capítulo 3, párrafo 9 · leer el capítulo entero en Sefaria
Este capítulo continúa la descripción del universo iniciada en el anterior. Maimónides presenta nueve esferas que envuelven el mundo: la de la luna, las de los planetas conocidos, la de las estrellas fijas y una novena esfera exterior que gira de este a oeste y envuelve a todas las demás. Explica que, aunque los astros están a distintas alturas, los vemos como si estuvieran en un solo plano porque las esferas son transparentes como el vidrio o el zafiro.
Luego detalla que cada una de las ocho esferas que contienen astros se subdivide en muchas más, como las capas de una cebolla, sin ningún espacio vacío entre ellas. Aclara que estas esferas no tienen peso, color, sabor ni olor propios: lo que percibimos como azul del cielo es solo efecto de la altura del aire. Describe también la forma esférica del conjunto, con la tierra suspendida en el medio, y da cifras sobre el número de esferas grandes y pequeñas, así como comparaciones de tamaño entre el sol, la tierra y la luna.
A partir de ahí explica el origen de los doce signos llamados mazalot, nombrados por los sabios antiguos según las figuras que las estrellas dibujaban en tiempos del diluvio, aunque con el paso del tiempo esas posiciones se han desplazado levemente.
El punto central del capítulo es afirmar que todos los astros y esferas tienen alma, conocimiento e inteligencia: están vivos, reconocen a Quien creó el mundo y lo alaban según su nivel, como hacen los ángeles, aunque con menor conocimiento que ellos y mayor que el de los seres humanos. En cambio, por debajo de la esfera lunar, Maimónides ubica los cuatro elementos —fuego, aire, agua y tierra— formados de una materia distinta, sin alma ni conciencia, como cuerpos muertos sujetos a su naturaleza fija. El capítulo cierra explicando que cuando el salmo invita a estos elementos a alabar a Dios, se refiere a que el ser humano alabe a Dios al contemplar el poder divino manifestado en ellos.