El fundamento de todo: la existencia única de Dios
El capítulo enseña que conocer la existencia necesaria, única e incorpórea de Dios es el fundamento sobre el que se apoya toda la Torá.
יְסוֹד הַיְסוֹדוֹת וְעַמּוּד הַחָכְמוֹת לֵידַע שֶׁיֵּשׁ שָׁם מָצוּי רִאשׁוֹן. וְהוּא מַמְצִיא כָּל נִמְצָא
«El fundamento de los fundamentos y el pilar de las sabidurías es saber que hay un Ser Primero, y Él hace existir a todo lo existente.»
Hiljot Iesodei HaTorá (los fundamentos de la Torá), capítulo 1, párrafo 1 · leer el capítulo entero en Sefaria
Maimónides abre su código legal no con una norma ritual sino con un principio de conocimiento: existe un Primer Ser del cual depende toda la realidad. Cielo, tierra y todo lo que hay entre ellos existen porque Él existe; si se imaginara que Él no existe, nada más podría existir, mientras que si todo lo demás desapareciera, Él seguiría siendo, porque todo lo necesita a Él y Él no necesita de nada ni de nadie. Esta idea, dice el texto, es un mandamiento positivo, y negar la existencia de otro poder junto a Él es transgredir un mandamiento negativo: es la raíz de la que depende todo lo demás.
El argumento avanza hacia la unidad de Dios: no es uno como una especie que agrupa muchos individuos, ni uno como un cuerpo que se divide en partes. Si hubiera varias divinidades, tendrían cuerpo, porque solo los cuerpos se distinguen unos de otros por accidentes físicos. Pero un cuerpo tiene límite, y lo limitado tiene poder limitado; en cambio, el poder que mueve la esfera celeste sin interrupción es infinito, por lo que no puede ser corpóreo. De ahí se sigue que no puede haber más que Uno, y conocer esto también es un mandamiento.
Una vez establecido que Dios no tiene cuerpo, el capítulo explica las expresiones bíblicas que hablan de mano, ojos, pies o enojo divino: son metáforas, porque la Torá habla en lenguaje humano, único lenguaje que las personas entienden. Lo prueba el hecho de que distintos profetas describieron visiones de Dios con imágenes opuestas, señal de que ninguna es literal.
Finalmente, el texto retoma el pedido de Moshé de 'ver la gloria' divina: quería conocer la esencia de Dios con la misma certeza con que se conoce a otra persona, pero se le respondió que ningún ser hecho de cuerpo y alma puede captar esa verdad por completo. De allí se concluye que a Dios no le corresponde ningún atributo corporal ni cambio alguno: ni lugar, ni tiempo, ni emociones humanas, porque todo cambio pertenece a los cuerpos bajos y materiales, mientras que Él está por encima de todo eso.