Vezot Habrajá
Moshé bendice a las tribus, muere, y la Torá termina para volver a empezar.
La última parashá, que no se lee en Shabat sino en Simjat Torá. Moshé bendice a cada tribu, una por una. Sube al monte Nevó, ve toda la tierra de punta a punta y muere ahí, «por boca del Eterno», a los ciento veinte años, «con el ojo no apagado y sin haber perdido su vigor». Nadie sabe dónde está su tumba. La Torá cierra diciendo que no volvió a levantarse en Israel un profeta como él. Y ese mismo día se vuelve a leer «En el principio».
Muere sin entrar
La ve entera desde arriba y no la pisa. La Torá termina con su protagonista sin conseguir lo que quería.
Nadie sabe dónde está enterrado
Para que no se convierta en un lugar de culto. Ni el más grande queda como objeto de veneración.
Se termina y se empieza el mismo día
En Simjat Torá se lee el último versículo y enseguida el primero. El rollo no tiene final.
La muerte por un beso
Cuenta la tradición que cuando llegó el último día de Moshé, él se resistió a morir y pidió una y otra vez entrar a la tierra, repitiendo su súplica cientos de veces, recordando todo lo que había hecho por ese pueblo desde Egipto hasta el desierto. La respuesta fue siempre la misma: no iba a cruzar. Entonces, dicen los sabios, Dios no envió al Ángel de la Muerte a buscarlo como a cualquier persona, sino que se ocupó personalmente de tomar su alma, con un beso, mientras Moshé miraba la tierra prometida desde el monte. Después lo enterró con sus propias manos en un lugar que nadie pudo encontrar jamás, para que el pueblo no terminara construyendo un santuario sobre la tumba de un hombre. Así, el más grande de los profetas murió sin discípulo que le cerrara los ojos y sin una piedra que llevara su nombre.
Talmud Babli, tratado Babá Batrá 17a, con elementos del Midrash Devarim Rabá sobre la muerte de Moshé
Hay algo muy actual en un líder que trabaja cuarenta años para un objetivo y muere sin cruzar la línea de llegada: le pasa al que arma un proyecto y lo despiden antes de verlo terminado, o al que cría hijos y no llega a ver en qué se convierten. La Torá no endulza eso ni lo explica como un premio disfrazado: Moshé ve la tierra desde lejos y se acaba ahí, sin relato de consuelo. Que nadie sepa dónde está su tumba también dice algo sobre el trabajo bien hecho: no queda un monumento para visitar, queda lo que la gente hizo con lo que él enseñó. Y el hecho de terminar de leer la Torá y arrancarla de nuevo el mismo día, sin pausa, se parece a cualquier cierre de ciclo laboral o familiar donde apenas se cierra una etapa ya hay que abrir la próxima, sin tiempo de duelo.
Casi nadie llega a ver terminado lo que empezó, y eso no lo vuelve menos valioso.
¿Puedo trabajar en algo cuyo resultado no voy a ver?
Esta ficha es un resumen para quien no estudió la parashá nunca. No es un comentario rabínico, no resuelve halajá y no reemplaza el estudio con un maestro.