Shoftim
«Justicia, justicia perseguirás»: cómo se organiza un Estado decente.
Nombrar jueces y oficiales en todas las ciudades. No torcer el juicio, no reconocer rostros, no aceptar soborno «porque el soborno ciega los ojos de los sabios». Hacen falta dos testigos, y el falso testigo recibe lo que pretendía para el otro. Se regula al rey: que no acumule caballos, mujeres ni plata, y que escriba una copia de la Torá y la lleve consigo toda su vida. Y en la guerra, no destruir los árboles frutales del enemigo.
Dos veces «justicia»
Los sabios lo leyeron así: también los medios tienen que ser justos. No vale un resultado justo conseguido de cualquier manera.
El rey está bajo la ley
Escribe su propia copia y la lee todos los días «para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos». Nadie queda por encima.
No talarás su árbol
Ni en guerra se destruye un frutal. De ahí sale el principio de no destruir por destruir.
El regalo de pescado
Un hombre que tenía un juicio pendiente ante el sabio Rabí Ishmael ben Elisha le llevó, el día antes de la audiencia, una canasta de pescados como obsequio. Rabí Ishmael se negó a recibirla, explicando que no podía aceptar regalos de alguien con causa pendiente ante él. El hombre insistió: no se trataba de un soborno, sino de un regalo que solía llevar siempre que pasaba por esa zona, tuviera o no juicio. Convencido de que era así, Rabí Ishmael aceptó la canasta, pero se excusó de juzgar ese caso y designó a otros dos colegas para resolverlo. Mientras escuchaba sin embargo los argumentos de las partes, notó que su mente buscaba por cuenta propia razones para favorecer al hombre que le había llevado el pescado, aunque él no había tocado el regalo ni pensaba fallar a su favor. Alarmado por esto, exclamó que quienes toman sobornos verdaderos ni siquiera se dan cuenta de cuánto tuercen su juicio, si a él, que ni había aceptado nada indebido, ya se le había torcido el pensamiento.
Talmud de Babilonia, tratado Ketubot 105b
La parashá no habla de justicia en abstracto, sino de instituciones: jueces en cada ciudad, testigos, un rey que debe cargar su propia copia de la ley para no olvidarse de que está sujeto a ella. Esa idea de que quien manda no queda afuera de las reglas que impone a los demás sigue siendo un punto de fricción hoy, cuando funcionarios y dirigentes suelen reclamar excepciones para sí mismos. La advertencia sobre el soborno que ciega incluso a los sabios anticipa algo que cualquiera que trabaje en una organización reconoce: los conflictos de interés no siempre se sienten como corrupción, se sienten como gratitud o simpatía. Y la norma de no talar los árboles frutales del enemigo en tiempo de guerra plantea un límite que todavía discutimos: hasta en el conflicto más justificado, hay daños que no se autorizan solo porque el otro bando los provocó.
Un poder que no está sometido a la ley que aplica no es autoridad: es otra cosa.
¿Aplico conmigo la misma vara que uso con los demás?
Esta ficha es un resumen para quien no estudió la parashá nunca. No es un comentario rabínico, no resuelve halajá y no reemplaza el estudio con un maestro.